
Todo eso era muy interesante para los geólogos, pero demasiado alejado de las cuestiones cotidianas de los seres humanos como para excitar al público en general. Y entonces, gracias al ganador del Nobel, Luis Álvarez, y a su hijo Walter, la ciencia de la meteorítica, que estaba en un segundo plano, de repente pasó a ser noticia de primera plana.
La abrupta (en la escala astronómica de tiempo, al menos) desaparición de los grandes dinosaurios, después de haber dominado la Tierra durante más de cien millones de años, siempre había constituido un tremendo misterio. Muchas explicaciones se habían propuesto, algunas plausibles, otras francamente ridículas. Una alteración del clima era la respuesta más sencilla y obvia, y había inspirado una obra clásica de arte: la brillante secuencia del «Rito de Primavera», en la obra maestra Fantasía, de Walt Disney.
Pero esa explicación no era satisfactoria en realidad, porque planteaba más preguntas que las que respondía: si el clima había cambiado. ¿Qué había ocasionado ese cambio? Se postularon tantas teorías, ninguna verdaderamente convincente, que los científicos empezaron a buscar en otra parte.
En 1980, Luis y Walter Álvarez, mientras investigaban las escalas geológicas, anunciaron que habían resuelto ese misterio de larga data: en un delgado estrato de roca, que señalaba el límite entre el período cretácico y la era terciaria, encontraron pruebas de una catástrofe que había afectado todo el globo.
A los dinosaurios los habían asesinado, y los dos investigadores sabían cuál había sido el arma.
