Pero los pensadores de la «Edad de la razón» del siglo, XVII más esclarecidos, no iban a creer tales tonterías generadas por la superstición. En verdad, la Academia de Ciencias de Francia sancionó una resolución en la que se explicaba que los meteoritos eran de origen completamente terrestre; si algunos parecían venir del cielo, eso se debía a que eran resultado de la caída de rayos: un error perfectamente comprensible. Así que los directores de los museos de Europa tiraron a la basura las rocas carentes de valor que sus ignorantes predecesores habían coleccionado pacientemente.

Por una de las más deliciosas ironías en la historia de la ciencia, nada más que unos pocos años después de la proclama de la Academia de Francia, una inmensa lluvia de meteoritos descendió a pocos kilómetros de las afueras de París, en presencia de testigos impecables… La Academia tuvo que hacer una apresurada retractación.

Aun así, no fue sino hasta el amanecer de la Era Espacial que se reconocieron la magnitud, y la importancia potencial, de los meteoritos. Durante décadas, los científicos dudaron, y hasta negaron, que los meteoritos fueran los responsables de cualesquiera formaciones geológicas importantes de la Tierra. De modo casi increíble, hasta bien avanzado el siglo XX algunos geólogos estaban convencidos de que el famoso Cráter del Meteoro, en Arizona, tenía el nombre mal puesto, ¡aduciendo que su origen había sido volcánico! No fue sino hasta el momento en que las sondas espaciales hubieron demostrado que la Luna y la mayoría de los cuerpos más pequeños del Sistema Solar habían estado sometidos a un bombardeo cósmico durante millones de años, que la polémica finalmente se resolvió.

No bien empezaron a buscarlos, en especial, con el nuevo panorama que brindaban las cámaras puestas en órbita, los geólogos descubrieron por todas partes cráteres debidos a impactos. El motivo por el que no eran mucho más comunes se hizo evidente ahora: a todos los antiguos los había destruido el desgaste producido por los agentes atmosféricos. Y algunos de esos cráteres eran tan descomunales que no se los podía ver desde tierra o, siquiera, desde el aire: su escala de dimensiones únicamente se podía apreciar desde el espacio.



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