
Robert Singh tenía poca paciencia para las especulaciones filosóficas, pero, cuando en un libro de texto sobre astronomía se topó por primera vez con las palabras del gran matemático francés, experimentó algo cercano al terror: no importaba cuán improbable pudiera ser la noción de una «inteligencia suficientemente vasta», la idea misma de la posibilidad de su existencia era pavorosa. ¿Era el «libre albedrío», que Singh inocentemente imaginaba poseer, nada más que una ilusión, ya que todos y cada uno de los actos que uno realizaba podían estar predeterminados, en principio por lo menos?
Quedó sumamente aliviado cuando se enteró de cómo la pesadilla ideada por Laplace había sido exorcizada por el desarrollo de la Teoría del Caos, a fines del siglo XX. Fue entonces cuando se advirtió que ni siquiera el futuro de un solo átomo — y, menos aún, el de todo el Universo—, se podía predecir con perfecta exactitud: hacer eso exigiría que la posición inicial de ese átomo y su velocidad se conocieran con precisión infinita; cualquier error del orden del millonésimo, o del mil millonésimo o del cien mil millonésimo lugar decimal, en última instancia se iría incrementando hasta que la realidad v la teoría dejaran de guardar el más mínimo parecido.
No obstante, algunos sucesos se podían predecir con absoluta confianza, por lo menos durante lapsos que, según las pautas humanas, eran prolongados: los movimientos de los planetas bajo la acción del campo gravitatorio del Sol y del de los demás planetas fue el ejemplo clásico al que Laplace dedicó su genio cuando no estaba discurriendo sobre filosofía con Napoleón. Aunque la estabilidad a largo plazo del Sistema Solar no se podía garantizar, las posiciones de los planetas se podían calcular por decenas de miles de años en el futuro, y dentro de límites muy pequeños de error.
Se necesitaba conocer sólo unos meses del futuro de Kali, y el error permisible era el diámetro de la Tierra. Ahora que el radiofaro implantado en el asteroide había permitido que a su órbita se la computara con la precisión necesaria, no había más lugar para la incertidumbre… o la esperanza.
