A lo que el senador sí se oponía por completo, empero, era a la caza:

— Por supuesto, eso estaba bien cuando no había otra manera para conseguir carne, pero disparar a animales indefensos por deporte, ¡ah, eso sí es propio de enfermos! Yo lo hice una vez, cuando niño: una ardilla, por suerte, no era una especie protegida, entró corriendo en nuestro jardín, y no pude resistir la tentación… Papá me dio una paliza, pero no fue necesaria: nunca olvidaré el estropicio que hizo mi bala.

No había duda de que el senador Ledstone era singular; esa parecía ser una característica de la familia: su abuela había sido coronel del Ejército Civil de Beverly Hills, cuyas escaramuzas con los Irregulares de Los Angeles habían dado origen a interminables psicodramas en todos los medios, desde el anticuado ballet hasta los microprocesadores mnemónicos. Y el abuelo había sido uno de los más infames contrabandistas del siglo XXI. Antes que se lo matara en un tiroteo con los medipolicías canadienses, durante un ingenioso intento por contrabandear un kilotón de tabaco aguas arriba de las cataratas del Niágara, se estimaba que «Humeante» Ledstone había sido responsable de veinte millones de muertes como mínimo.


Ledstone no estaba arrepentido en absoluto por su abuelo, cuyo sensacional fallecimiento había precipitado la derogación del fenecido tercer, y más desastroso, intento norteamericano por imponer la Prohibición. El senador argumentaba que a los adultos responsables se les debía permitir que se suicidaran en cualquier forma que les pluguiera, mediante el alcohol, la cocaína o, inclusive, el tabaco, en tanto y en cuanto en el trámite no mataran a inocentes espectadores. Cierto es que abuelito había sido un santo, en comparación con los magnates de la publicidad que, hasta el momento en que sus costosos abogados ya no pudieron mantenerlos fuera de prisión, se las habían arreglado para enviciar en forma fatal a una fracción importante de la especie humana.



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