
Parecía una lástima que los hombres que habían luchado tan intensamente a favor, y en contra, del Proyecto nunca habrían de saber cuál fue el resultado de sus esfuerzos.
El senador
El senador George Ledstone (independiente, Norteamérica occidental) tenía una sola excentricidad pública y, tal como admitía alegremente, un solo vicio secreto. Siempre usaba imponentes anteojos con armazón de carey (que no tenían aumento alguno, claro está), porque ejercían efecto intimidante sobre los testigos que no querían cooperar, pocos de los cuales se habían topado jamás con una novedad así, en esta era de cirugía ocular instantánea con láser.
Su «vicio secreto», perfectamente conocido por todos, era el tiro con rifle en un polígono olímpico normal, dispuesto en los corredores de un silo de misiles abandonado hacía mucho, cerca del monte Cheyenne. Desde el instante mismo en que tuvo lugar la desmilitarización del planeta Tierra, tales actividades merecieron reprobación, cuando no una activa oposición.
El senador aprobó la resolución de las NU precipitada por las matanzas en masa del siglo XX, que prohibía la posesión, por parte de los Estados y de los ciudadanos individuales, de todas las armas que pudieran herir a otros que no fueran la persona a la que se apuntaba. De todos modos, el senador se mofaba de la famosa consigna de los Salvadores del Mundo: «Las armas son las muletas de los Impotentes»
— No en mi caso — replicó, durante una de sus innumerables entrevistas. (La gente de los medios de prensa lo adoraba) — Tengo dos hijos y tendría una docena si la ley lo permitiera. No tengo vergüenza por admitir que adoro un buen rifle: es una obra de arte. Cuando se aplica esa segunda presión sobre el gatillo y se acierta en el centro del blanco… bueno, pues, no hay sensación como esa. Y si el tiro al blanco es un sustituto de la actividad sexual, me conformaré con ambos.
