
—¿Qué es eso, papito? — preguntó el niño de cuatro años, mientras apuntaba con el dedo hacia una carita peluda, enmarcada por patillas blancas, que los atisbaba a través de una pantalla de hojas.
— Estee… cierta clase de mono. ¿Por qué no le preguntas al Cerebro?
— Lo hice: no responde.
«Otro problema», pensó Singh. Había ocasiones en las que añoraba la sencilla vida de sus ancestros en las polvorientas llanuras de India, aunque sabía perfectamente bien que sólo habría podido tolerarla unos milisegundos.
— Vuelve a intentarlo, Toby. A veces hablas demasiado rápido: la Central de la Casa no siempre reconoce tu voz. ¿Y te acordaste de enviar una imagen?: la Central no puede decirte qué es lo que tú estás mirando, a menos que ella también pueda verlo.
—¡Uy! Lo olvidé.
Singh solicitó el canal privado de su hijo, justo a tiempo para captar la respuesta de la Central:
— Es un colobo blanco, familia de los cercopitécidos…
— Gracias, Cerebro. ¿Puedo jugar con él?
— No creo que sea una buena idea — interpuso apresuradamente Singh — podría morder. Y es probable que tenga pulgas. Tus juguetes robot son mucho más lindos.
— No tan lindos como Tigrette.
— Aunque no presenta tantos problemas… incluso ahora que ya sabe dónde hacer sus necesidades, gracias a Dios. Sea como fuere, es hora de ir a casa. — »Y de ver qué progresos está logrando Freyda con sus problemas con la Central», añadió para sus adentros.
Desde el instante mismo en que el Servicio de Transporte Aéreo colocó la casa allí, en África, se presentó una serie de fallas en el funcionamiento de los equipos. La más reciente y, desde el punto de vista potencial, más grave, se había producido en el sistema para recirculación de los alimentos: si bien venía garantizado como exento de defectos, de modo tal que el peligro de que ocurriera un verdadero envenenamiento tuviera una probabilidad astronómicamente pequeña, anoche el filet mignon había tenido un curioso sabor metálico.
