Freyda había sugerido, con sarcasmo, que podrían tener que retornar a la vida que llevaban los cazadores-recolectores de la era preelectrónica, cociendo el alimento sobre fogatas. Su sentido del humor a veces era un poco retorcido: la idea misma de comer carne natural cortada a pedazos de animales muertos era, claro está, por completo asqueante…

—¿No podemos bajar a la playa?

Toby, que había pasado la mayor parte de su vida rodeado por arena, estaba fascinado por el mar; no podía creer del todo que fuera posible que en un mismo sitio existiera tanta agua. No bien hubiera amainado el monzón nororiental, su padre esperaba con ansia poder llevarlo hasta el arrecife y mostrarle las maravillas que ahora estaban ocultas por las furiosas olas.

— Veamos qué dice tu madre.

— Su madre dice que es hora de que los dos vuelvan a casa: ¿es que ustedes, caballeros, olvidaron que hoy a la tarde tenemos visitas? Y, Toby, tu habitación es un revoltijo; ya es hora de que la limpies tú, y no que le dejes ese trabajo a Dorcas.

— Pero la programé…

— Nada de discusiones. ¡Vengan a casa, los dos!

La boca de Toby empezó a fruncirse, indicando una reacción demasiado familiar. Pero había ocasiones en las que la disciplina tenía prioridad sobre el amor. Singh lo cargó en brazos y empezó a caminar de regreso a la casa con su fardo, que se retorcía suavemente, Toby era demasiado pesado como para que se lo trasladara muy lejos, pero su forcejeo rápidamente se aquietó y el padre pronto se sintió más que gozoso de permitirle seguir avanzando con propulsión propia.

El hogar compartido por Robert Singh, Freyda Carroll, el hijo de ellos, Toby; el minitigre que el niño adoraba y variedad de robots, le habría parecido sorprendentemente pequeño a un visitante proveniente de algún siglo anterior: una cabañita de campo más que una casa.



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