— Me cuentan que pronto podremos sacar el cerebro de Mendoza de ese tanque de nitrógeno líquido y hablar con él mediante una interfase de computadora: me pregunto en qué estuvo pensando ese cerebro durante todos estos años…

II


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Azar y necesidad

Este relato se contó en los mercados de Irak durante siglos, y verdaderamente es muy triste. Por consiguiente, no me río.

Abdul Hassan era un famoso tejedor de alfombras durante el reinado del Gran Califa, quien mucho admiraba su artesanía. Pero un día, mientras estaba presentando sus artículos en la corte, acaeció una pavorosa catástrofe:

Cuando Abdul hizo una profunda reverencia ante Harunal-Raschid, se le escapo un viento.

Esa noche, el tejedor de alfombras cerro su tienda, amontono sus bienes mas preciados sobre un solo camello, y abandono Bagdad. Durante años anduvo errante, cambiando su nombre pero no su profesión, por las tierras de Siria, Persia e Irak. Prosperó, pero siempre suspiraba por la amada ciudad en la que había nacido.

Ya era anciano cuando, por fin, se convenció de que todos habían olvidado su ignominia y de que le era seguro volver a su hogar otra vez. La noche estaba bajando su manto cuando los minaretes de Bagdad aparecieron en el horizonte, así que Abdul decidió reposar en una posada conveniente antes de ingresar en la ciudad por la mañana.

El posadero era hablador y amigable, así que Abdul se sintió encantado de acosarlo con preguntas sobre todas las novedades que se habían producido durante su prolongada ausencia de la ciudad. Los dos estaban riéndose de uno de los escándalos que habían ocurrido en la corte, cuando Abdul preguntó como al pasar:



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