
—¿Cuando sucedió eso?
El posadero se detuvo para pensar; después, se rascó la coronilla y respondió:
— No estoy seguro de la fecha, pero fue unos cinco años después que a Abdul Hassan se le escapara el pedo.
Así que el tejedor de alfombras nunca hubo de regresar a Bagdad.
Los sucesos más triviales pueden, en un simple instante, alterar por completo el curso de la vida de un hombre. Y, a menudo, no resulta posible decidir, ni siquiera al final, si el cambio fue para mejor o para peor. ¿Quién sabe? La involuntaria actuación de Abdul pudo haberle salvado la vida: de haber permanecido en Bagdad pudo haberse convertido en la víctima de un asesino o, lo que pudo haber sido mucho peor, haber incurrido en el disgusto del Califa y, en consecuencia, haber sido objeto de los diestros servicios de sus verdugos.
Cuando el cadete, a la sazón de veinticinco años de edad, Robert Singh había comenzado su semestre final en el Instituto Aristarco de Tecnología Espacial — conocido, en general, como AriTec—, se habría reído si alguien le hubiera sugerido que pronto se iba a convertir en competidor en las Olimpíadas. Al igual que todos los residentes de la Luna que deseaban conservar la opción de regresar a la Tierra. Singh había practicado religiosamente sus ejercicios de alta gravedad en la centrífuga del AriTec; aunque eran aburridores, el tiempo no se desperdició del todo, ya que Singh transcurrió la mayor parte conectado con sus programas de estudio.
Entonces, un día, el decano de Ingeniería lo hizo llamar de su despacho, lo que constituía un suceso suficientemente fuera de lo común como para alarmar a cualquier estudiante que estuviera dando los exámenes finales, pero el decano parecía estar de buen talante, por lo que Singh se relajó:
