— Me estoy sintiendo solitario aquí afuera — dijo—. ¿Qué pasó?

Se suponía que ese era un circuito privado, pero Singh tenía sus dudas: casi con certeza, los demás equipos y los medios de prensa habrían de estar controlándolo.

— Goddard tuvo una fuga lenta de gas. ¿Cuál es tu situación?

— Condición 7

Quienquiera que escuchase podría adivinar muy bien lo que significaba eso. No importaba. Se suponía que el siete era un número de buena suerte, y Singh tenía la esperanza de poder continuar usándolo hasta el final de la carrera.

— Recién pasas uno de los hitos electrónicos — dijo la voz que le sonaba en el oído—. Tiempo transcurrido: cuatro minutos, diez segundos. El Número Dos está cincuenta metros detrás de ti, conservando su distancia.

«Yo tendría que dar más que eso», pensó Singh, «aun en la Tierra, cualquiera puede hacer un kilómetro en cuatro minutos. Pero recién estoy entrando en carrera.»

En la señal indicadora del segundo kilómetro, Singh había adoptado un ritmo cómodo y constante y cubierto la distancia en algo menos de cuatro minutos. Si pudiera conservar ese régimen de marcha — aunque, claro está, eso era imposible—, llegaría a la línea de arribo dentro de unas tres horas. Nadie sabía realmente cuánto tardaría cubrir a la carrera, en la Luna, los tradicionales cuarenta y dos kilómetros de la maratón. Las conjeturas habían oscilado entre un tiempo sumamente optimista de dos horas, hasta uno de diez. Singh esperaba poder conseguirlo en cinco.

El traje parecía estar funcionando tal como se había anunciado: no restringía indebidamente los movimientos el regulador de oxígeno se mantenía a tono con las demandas del gas que hacían los músculos del portador. Singh estaba empezando a divertirse. Esa no era tan sólo una carrera: era algo novedoso para la experiencia humana, algo que abría horizontes completamente nuevos para el atletismo y quizá, para muchas más cosas.



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