Durante un instante, cuando su cuerpo quedó completamente horizontal en el espacio, el tiempo se frenó. Singh estaba consciente de la curva ininterrumpida del horizonte. La luz de la Tierra, que caía oblicua por sobre el hombro derecho, producía la extraordinaria ilusión de que el Sinus Iridium estaba cubierto con nieve. Todos los demás corredores estaban adelante de Singh, algunos ascendiendo, otros cayendo, a lo largo de sus poco amplias parábolas; y uno iba a caer de cabeza… Por lo menos, él no había cometido ese vergonzoso error de cálculo.

Descendió sobre los pies, levantando una nubecita de polvo. Al tiempo que permitía que el impulso lo hiciera rotar hacia adelante, aguardó a que su cuerpo hubiera oscilado hasta formar un ángulo recto, antes de volver a rebotar hacia arriba.

El secreto de correr carreras lunares consistía, tal como descubrió rápidamente, en no saltar tan alto como para caer en un ángulo demasiado empinado y perder impulso al producirse el impacto. Después de varios minutos de experimentación halló el punto medio correcto y aquietó la marcha hasta darle un ritmo regular. ¿Cuán rápidamente se estaba desplazando? No había manera de darse cuenta en ese terreno carente de rasgos distintivos pero se hallaba a más de la mitad de camino del mojón indicador del primer kilómetro.

Lo que era más importante: había dejado atrás a todos los otros; nadie más se encontraba dentro de un radio de cien metros. A pesar del consejo de «nunca mires para atrás», se pudo permitir el lujo de comprobar cómo iba la competencia. No lo sorprendió en lo más mínimo el descubrimiento de que, ahora, únicamente quedaban otros tres competidores en la carrera.



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