– Lo siento, mamá -había dicho mientras le echaba los brazos al cuello-. No me extrañes mucho, ¿de acuerdo? -luego se volvió hacia la sobrecargo para entregarle su boleto y casi saltó al avión.

Ella no lo culpaba por casi haberlo olvidado. A los doce años de edad se hallaba en esa extraña fase en la que uno piensa que besar a la madre en público no es precisamente algo grandioso. Además, tenía la mente en otro lado. Su padre y él planeaban visitar primero el Cañón del Colorado; luego recorrerían el río Colorado enbalsa, durante una semana y al final irían a Disneylandia. Aunque estaría fuera durante varias semanas, ella sabía que era bueno para Kevin pasar algunas temporadas con su padre.

David no había sido el mejor de los maridos, pero era un buen padre para Kevin. Annette, su nueva esposa, estaba muy ocupada con su bebé, pero a Kevin le agradaba mucho y casi siempre hablaba con entusiasmo de sus visitas y de todo lo que se había divertido. En algunas ocasiones Theresa se sentía un poco celosa al respecto, pero hacía lo posible para que Kevin no se diera cuenta.

Ahora, en la playa, corría a un paso moderadamente rápido. Deanna estaría esperando a que terminara de correr para desayunar juntas; sabía que Brian ya se habría ido y Theresa moría de ganas de verla. Ellos eran una pareja madura, ambos frisaban los sesenta años, a pesar de lo cual Deanna era su mejor amiga.

Deanna, directora administrativa del diario en el que Theresa trabajaba, había tomado vacaciones en Cape Cod con su esposo Brian muchas veces a lo largo de los años. Siempre se alojaban en el mismo lugar, The Fisher House, y cuando ella se enteró de que Kevin iba a ir a visitar a su padre en California, Deanna insistió en que Theresa los acompañara.



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