
Pero cuando cerró los ojos lo único en lo que pudo pensar fue en Kevin. El cielo era testigo de que quería pasar más tiempo con su hijo. Deseaba poder sentarse y charlar con él, jugar Monopolio o simplemente mirar el televisor sin sentir la urgencia de levantarse del sofá para hacer algo más importante.
El problema era que siempre tenía algo que hacer: platos que lavar, baños que asear, había que vaciar la caja de arena del gato, llevar a afinar los autos, lavar la ropa y pagar las cuentas. Y aunque Kevin ayudaba mucho con sus tareas en la casa, siempre estaba casi tan ocupado como ella con la escuela, sus amigos y todas sus demás actividades. Algunas veces le preocupaba que la vida se le estuviera escapando de las manos.
Sin embargo, ¿cómo podía cambiar todo aquello? Su madre solía decirle: “Hay que vivir la vida día con día”, pero ella no tuvo que trabajar fuera de casa ni criar a un hijo sin el apoyo de un padre. No comprendía las presiones que Theresa enfrentaba a diario. Tampoco su hermana menor, Janet, que había seguido 1os pasos de su madre y llevaba felizmente casada casi once años, con tres maravillosas hijas que daban fe de ello. Edward ganaba tan bien que podía mantener a su familia sin que Janet tuviera que trabajar. Había algunas veces en las que Theresa pensaba que tal vez le agradaría una vida como ésa, aunque significara tener que renunciar a su trabajo.
Pero eso ya no podía ser. No después de que ella y David se divorciaron. Hacía ya tres años… cuatro si se contaba el tiempo en que estuvieron separados. No odiaba a David por lo ocurrido, pero el respeto que sentía por él se había hecho trizas. El adulterio no era algo con lo que ella pudiera vivir. El daño en su confianza se volvió irreparable.
