Soñababa con enamorarse, con tener a alguien que la tomara en los brazos y la hiciera sentir que era la única mujer que importaba; pero es difícil conocer a alguien adecuado en estos días. La mayor parte de los hombres de más de treinta años ya estaban casados y los divorciados parecían estar en busca de alguien más joven. Además tenía que pensar en Kevin. Quería un compañero que lo tratara como es debido y no sólo como la carga inevitable de alguien a quien se desea.

No había tenido intimidad con un hombre desde que se divorció de David. No le faltaron oportunidades, por supuesto. Nunca era difícil para una mujer atractiva encontrar alguien con quién acostarse. Sin embargo, ése no era su estilo. No la habían educado así y no tenía intenciones de cambiar ahora. El sexo era muy importante, demasiado especial como para compartirlo con cualquiera.

Así que ahora que estaba de vacaciones ansiaba hacer algunas cosas para ella sola: leer libros, escribir cartas a amigos de los que no había sabido en mucho tiempo, dormir hasta tarde, comer mucho y correr por las mañanas. Quería tener de nuevo la experiencia de la libertad, aunque fuera por un corto lapso.

También deseaba ir de compras. Planeaba probarse algunos vestidos nuevos y elegir un par de ellos que le resaltaran la figura y la hicieran sentir que todavía estaba viva y capaz de apasionarse. Y si algún hombre agradable la invitaba a salir, tal vez aceptaría, sólo para tener un pretexto que le permitiera usar la ropa nueva que pensaba comprar.

Con una renovada sensación de optimismo, Theresa se dirigió a la casa. Caminaba cerca de la orilla cuando vio una piedra grande medio enterrada en la arena, a unos centímetros del lugar donde la marca matutina había alcanzado su punto más alto. “Qué raro”, pensó, “se ve fuera de lugar ahí”.



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