David Liss


El mercader de café

Traducción de Encarna Quijada

Título original: The Coffee Trader

© 2003, David Liss

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En el cuenco, un líquido más consistente que el agua o el vino, oscuro, caliente, poco atractivo, con espesas ondas en la superficie. Miguel Lienzo lo cogió y se lo acercó tanto que casi metió la nariz dentro. Sostuvo un instante el recipiente y aspiró, llevando el aroma hasta los pulmones. El acre olor a tierra y hojas le sorprendió, pues más parecía cosa que hubiera de estar en alguna desportillada urna de porcelana de una botica.

– ¿Qué es esto? -preguntó, estirando la cutícula de uno de sus pulgares con la uña tratando de contener su irritación. Aquella mujer sabía que él no podía andar perdiendo el tiempo; así pues, ¿por qué llevarlo hasta allí por una tontería semejante? Miguel sentía borbotear en su interior un agrio comentario tras otro, pero no expresó ninguno de ellos en voz alta. Y no porque temiera a la mujer, aun cuando las más de las veces se descubría haciendo grandes esfuerzos por no disgustarla.

Echó un vistazo y vio que Geertruid había reaccionado a la mutilación silenciosa de su cutícula con una mueca. Él conocía esa sonrisa irresistible y su significado: se sentía intensamente complacida consigo misma, y cuando tenía aquel aspecto, a Miguel se le hacía difícil no estar también intensamente complacido con ella.

– Es algo extraordinario -le dijo, señalando el cuenco con el gesto-. Bebedlo.

– ¿Que lo beba? -Miguel miró pestañeando aquella negrura-. Parecen los orines del demonio, lo que ciertamente sería extraordinario, aunque no Tengo el menor deseo de averiguar cómo saben.

Geertruid se inclinó sobre él, rozando casi su brazo.

Tomad un sorbo y os lo contaré todo. Los orines del demonio nos ayudarán a hacer una fortuna a ambos.



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