Todo había empezado una hora antes, cuando Miguel notó que alguien lo cogía del brazo.

En el instante que transcurrió antes de que volviera la cabeza, descartó las posibilidades más desagradables: un rival o un acreedor, una amante abandonada o un pariente furioso de la susodicha, el danés a quien había vendido aquellos cargamentos de grano del Báltico, acaso recomendándoselos con demasiado entusiasmo… Hacía no tanto, cuando un desconocido se le acercaba, siempre auguraba algo bueno. Mercaderes, conspiradores, mujeres, todos buscaban a Miguel, pedían su consejo, anhelaban su compañía, buscaban sus florines. Ahora lo único que deseaba era descubrir bajo qué nueva forma había de presentarse el desastre.

No se le ocurrió dejar de caminar. Era parte de la procesión que se formaba cada día cuando las campanas de la Nieuwe Kerk tocaban las dos, señalando el final de la jornada de comercio en la Bolsa. Cientos de corredores inundaban el Dam, la gran plaza del centro de Amsterdam. Se repartían por los callejones, las calles, junto a los canales. Los tenderos salían ocupando todo el largo de la Warmoesstraat, la vía más rápida para llegar a las tabernas más populares, poniéndose sombreros de cuero de ala ancha para resguardarse de la humedad que llegaba del mar del Norte. Fuera colocaban sacas de especias, rollos de lino, barriles de tabaco. Sastres, zapateros y sombrereros hacían señas a los hombres para que entraran; los vendedores de libros y plumas y fruslerías exóticas pregonaban su mercancía.

La Warmoesstraat se convertía en una riada de sombreros y trajes negros, con el único aderezo del blanco de los cuellos, las mangas y las calzas o el destello plateado de las hebillas de los zapatos. Los comerciantes pasaban ante mercancías procedentes de Oriente o del Nuevo Mundo, de lugares de los que, cien años atrás, nadie sabía nada. Entusiasmados como niños que quedan libres de sus lecciones, hablaban de sus negocios en una docena de idiomas diferentes. Se reían, gritaban, señalaban; se agarraban a cualquier mujer joven que se cruzara en su camino. Sacaban sus bolsas y devoraban las mercancías de los tenderos, dejando solo monedas a su paso.



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