
Colgó el teléfono y sopesó durante un segundo la posibilidad de dejarlo descolgado, pero decidió no hacerlo. Se dirigió a la cocina, se tomó una aspirina, sintió otro escalofrío, lo pensó un poco, se tomó una segunda aspirina, volvió a acostarse, cogió el libro que tenía en la mesilla y que había empezado a leer la víspera con sumo placer, Un día tras otro, de Carlo Lucarelli, lo abrió y, ya en las primeras líneas, comprendió que no podría leer. Notaba como un aro de hierro que le oprimía la cabeza y los ojos se le cerraban.
– ¿Qué te apuestas a que tengo fiebre? -se preguntó.
Se tocó la frente con la palma de una mano, pero no sabía decir si la tenía caliente o no, cosa por otra parte que le ocurría siempre; lo de tocarse la frente era un gesto meramente simbólico que por alguna razón inexplicable hacía de manera instintiva. Lo más sensato era ponerse el termómetro. Se incorporó, abrió el cajón de la mesilla y rebuscó en su interior. Como era de esperar, el termómetro no estaba allí. ¿Dónde lo habría metido? ¿Cuándo había sido la última vez que se lo había puesto? Debía de haber sido aproximadamente en diciembre del año anterior, que para él era el mes más peligroso, no el que decía el poeta… ¿Qué mes era el más cruel para Eliot? Sí, ahora lo recordaba, «abril es el mes más cruel»… ¿O tal vez era marzo? Pero, divagaciones poéticas aparte, ¿dónde coño estaba el termómetro? Se levantó, se dirigió a la habitación de al lado, miró en todos los cajones, en las estanterías, en todos los rincones. Detrás de un montón de libros que se mantenían en inestable equilibrio sobre una tambaleante mesita apareció una fotografía suya con Livia. La contempló sin conseguir recordar dónde se la habían hecho. Parecía verano, a juzgar por la ropa.
