
– ¡Virgen santísima! ¡Aquí han entrado ladrones! -El comisario se levantó y corrió a tranquilizar a la mujer, la cual, en el transcurso de su inconexa explicación, no le quitó ni un momento los ojos de encima-. Tuttori, usía está enfermo.
Montalbano contestó con una pregunta que era al mismo tiempo una afirmación.
– ¿¡Tú sabes dónde está el termómetro!?
– ¿No lo encuentra?
– Si lo hubiera encontrado, no te lo preguntaría.
La respuesta molestó a Adelina, que se vengó replicando en tono belicoso:
– Si no lo ha encontrado usía después de dejar la habitación que parece que haya habido un terremoto, ¿cómo quiere que lo encuentre yo?
Y se fue a la cocina, ofendida e indignada. Montalbano se sintió perdido y confuso. De repente, por el mero hecho de haber sacado el tema, se le volvió a meter en la cabeza la idea de tener a mano un termómetro. Era una necesidad imperiosa. No tendría más remedio que vestirse, coger el coche e ir a comprar uno a la farmacia. Se movió con cautela para que no lo oyera Adelina, la cual sin duda le habría echado la bronca y lo habría atado a la cama para impedir que saliera a la calle.
