En segundo plano se veía el perfil de un hombre vestido de uniforme, aunque no parecía un militar, sino más bien un portero de hotel. O un jefe de estación. Dejó la fotografía y reanudó la búsqueda. Ni rastro del termómetro. Volvió a sentir un escalofrío, esta vez más fuerte, seguido de un ligero mareo. Empezó a renegar. Era absolutamente necesario encontrar el termómetro. El resultado de la subsiguiente búsqueda fue que, al poco rato, la casa daba la impresión de haber sido asolada por una banda de desvalijadores. Decidió calmarse: ¿qué coño le importaba a él el termómetro? El hecho de conocer los grados de fiebre no se traduciría en una mejoría. Lo único seguro era que se encontraba mal, y punto. Volvió a acostarse. Oyó el girar de una llave en la cerradura y, a continuación, un grito extremadamente agudo de su asistenta Adelina.

– ¡Virgen santísima! ¡Aquí han entrado ladrones! -El comisario se levantó y corrió a tranquilizar a la mujer, la cual, en el transcurso de su inconexa explicación, no le quitó ni un momento los ojos de encima-. Tuttori, usía está enfermo.

Montalbano contestó con una pregunta que era al mismo tiempo una afirmación.

– ¿¡Tú sabes dónde está el termómetro!?

– ¿No lo encuentra?

– Si lo hubiera encontrado, no te lo preguntaría.

La respuesta molestó a Adelina, que se vengó replicando en tono belicoso:

– Si no lo ha encontrado usía después de dejar la habitación que parece que haya habido un terremoto, ¿cómo quiere que lo encuentre yo?

Y se fue a la cocina, ofendida e indignada. Montalbano se sintió perdido y confuso. De repente, por el mero hecho de haber sacado el tema, se le volvió a meter en la cabeza la idea de tener a mano un termómetro. Era una necesidad imperiosa. No tendría más remedio que vestirse, coger el coche e ir a comprar uno a la farmacia. Se movió con cautela para que no lo oyera Adelina, la cual sin duda le habría echado la bronca y lo habría atado a la cama para impedir que saliera a la calle.



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