
– ¿Y Arquà qué ha dicho?
– Se ha cabreado. Ha contestado que no hacía falta que se lo pidieran. En cualquier caso, ellos lo tienen muy claro: intento de robo, con resultado de homicidio.
Ambos se miraron sonriendo. Se habían comprendido. El planteamiento era como un colador, con agujeros por todas partes.
Cuando regresó a la comisaría, después de almorzar en la trattoria San Calogero y dar su habitual paseo de meditación y digestión hasta la punta del muelle, Montalbano tuvo ocasión de hablar por teléfono con Galluzzo.
– ¿Cómo está Grazia?
– Durmiendo. El doctor le ha puesto una inyección. Dice que cuando despierte se encontrará bien. Incluso a mi mujer le da pena.
– ¿A qué hora la ha citado Gribaudo?
– A las nueve de la mañana, aquí, en nuestra casa.
– Pero ¿es que esa joven no tiene a nadie…, un familiar, una amiga?
– A nadie, dottore. Por lo que he podido entender de lo que me ha dicho, poco faltó para que los Piccolo la encadenaran. Sólo después de que su tía muriese disfrutó de un poco de libertad, por llamarlo de alguna manera. El tío le permitía ir a la ciudad una vez a la semana y podía ausentarse de la casa un par de horas como máximo.
– ¿Qué piensa hacer después?
– Cualquiera sabe. Cuando el doctor Gribaudo le dijo que tendría que irse a vivir unos días a otro sitio, se puso como una loca. No quería moverse de allí. Me ha costado Dios y ayuda convencerla de que viniera a mi casa.
– Oye, por curiosidad, ¿le has preguntado algo sobre el revólver?
– No entiendo, dottore.
– Mira, Galluzzo, una muchacha que… Por cierto, ¿cuántos años tiene exactamente?
– Dieciocho recién cumplidos.
– Aparenta menos. Estaba diciendo… ¿A ti no te parece raro que una chica, recién despertada de su sueño y en presencia de un desconocido que acaba de matar a su tío, tenga el valor y la sangre fría de abrir un cajón, coger un revólver y disparar?
