
– Un poco raro sí es.
– ¿Entonces?
– Dottore, yo le he hecho exactamente la misma pregunta, y ella me ha contestado que, en primer lugar, no le da miedo nada ni nadie. Y, en segundo, que había sido precisamente 'u zu Giurlanno quien le había enseñado a disparar. Y de vez en cuando la obligaba a practicar.
– Es evidente que Piccolo, que era una sanguijuela, un «corbatero» como dicen en Roma, es decir, un usurero, temía que alguna de sus víctimas quisiera vengarse. Y se curaba en salud. La sobrina podía contribuir a defenderlo.
– Y el revólver no era la única arma que había en la casa.
– Ah, ¿no?
– No. ¿Recuerda el sillón donde estaba sentado Gallo? Detrás del respaldo había una escopeta de caza, y en el cajón del despacho guardaba una Beretta. A petición de Gribaudo, Grazia ha demostrado que sabía manejar la pistola y ha disparado dando con precisión en el blanco.
A las seis de la tarde la situación cambió de golpe.
– ¿Dottori? Está el dottori Latte, con ese al final, que quiere hablar en persona personalmente con usted. ¿Qué hago?
El dottor Lattes era el jefe del gabinete del jefe superior, y lo apodaban «Lattes y mieles» por su carácter empalagoso y rastrero y por su capacidad de mirarte con una afectuosa sonrisa en los labios mientras te pegaba una puñalada trapera.
– ¡Mi queridísimo amigo! ¿Qué tal va todo, mi queridísimo amigo? ¡Nuestro querido Montalbano! ¿Todos bien en la familia?
– Sí, gracias.
– Quería decirle, de parte del señor jefe superior, que del homicidio de ese tal Piccolo tendrá que encargarse usted. Por otra parte, así, a primera vista, parece que se trata de un caso bastante trivial.
Según el punto de vista. Puede que Gerlando Piccolo, el asesinado, por ejemplo, no lo hubiera calificado de la misma manera.
– Trivialísimo, dottore. Un trivial robo que se ha convertido en un trivial homicidio.
