
– ¡Bravo! Eso es justamente lo que yo quería decir.
– Disculpe el atrevimiento…
Se felicitó a sí mismo, pues era el tono adecuado para tirar de la lengua a Lattes.
– Atrévase, mi queridísimo amigo.
– ¿Por qué el doctor Gribaudo no puede encargarse ya del caso?
La voz de Lattes se convirtió en un susurro circunspecto.
– El señor jefe superior no quiere que ni él ni su ayudante, el dottor Foti, se aparten ni un segundo.
– Disculpe mi audacia. Pero que se aparten ¿de qué?
– Del caso Laguardia -contestó con un suspiro el dottor Lattes, y colgó el aparato.
Alessia Laguardia, una bella y reservada treintañera, ejercía en Montelusa a niveles muy altos tanto a domicilio como en su pequeño chalet de las afueras, ilegalmente construido al amparo de un templo griego y con vistas al «gran mar africano», como lo llamaba Pirandello, que era de por allí. Y justamente en aquel chalecito suyo, Alessia había sido encontrada una semana atrás con sesenta navajazos en el cuerpo. Hasta ahí puede que se tratara efectivamente de un homicidio trivial, utilizando el lenguaje del dottor Lattes. Pero el caso era que la policía había encontrado una agenda, infructuosamente buscada por el asesino, en la cual figuraban, en perfecto orden, según se decía, los secretísimos números de teléfono de algunos de los más importantes nombres masculinos de Montelusa y provincia: políticos, empresarios, profesores, magistrados y, al parecer, incluso el de un monseñor con fama de santo. Un asunto en el que uno podía jugarse el pellejo como no se anduviera con cuidado. Y estaba claro que el señor jefe superior quería conservar el suyo intacto.
– ¡Fazio! ¡Galluzzo!
Ambos acudieron a toda prisa al despacho.
– Me ha llamado Lattes. Nosotros nos encargaremos del asesinato de Gerlando Piccolo.
Fazio hizo un gesto de complacencia y Galluzzo lanzó un suspiro y dijo:
