– ¡Se lo juro, dottori!¡No me dijo nada de una enfermedad, me habló de un orinal!

– ¡Por el amor de Dios! -exclamó el comisario-. Vuelve a tu sitio, anda.

– ¿Qué hacemos entonces? -preguntó Fazio.

– ¿Has copiado los nombres que te dije del despacho de Piccolo?

– Sí, señor dottore.

– ¿Cuántos son?

– Cinco. Los tengo allí. ¿Voy a por el papel?

– No hace falta. Procura hablar con alguno de ellos. Trata de averiguar qué interés cobraba Piccolo, qué clase de persona era, cómo actuaba cuando alguien no le pagaba… Dime algo mañana por la mañana.

– ¿Y yo? -preguntó Galluzzo.

– Mira, de momento no vamos a someter a Grazia al interrogatorio que Gribaudo tenía previsto. Cuando necesite que ella me aclare algo, te lo diré. Entre tanto, procura ganarte la confianza de la chica. Es posible que, hablando tranquilamente con un amigo, se acuerde de algún detalle importante. Nos vemos mañana. Ahora voy un momento a ver cómo está Augello.

Una vez solo, comprendió que no le apetecía hacer aquella visita. Mimì era capaz de quejarse como un moribundo por una simple uña encarnada, ¡no digamos nada por un cólico! Y él, cuando Augello se ponía en aquel plan, no lo aguantaba. Volvió a marcar el número. Se puso Beba.

– Mimì está descansando.

– No lo molestes. Llamo para decirte que no podré ir a verlo. Dile que se mejore. Lo necesito. Nos han encargado la investigación de un homicidio.

– ¿El del usurero?

– Sí. ¿Cómo lo sabes?

– Han dado la noticia en una cadena de televisión local.

Al salir de la comisaria, sintió el repentino e irreprimible deseo de comerse un plato de pasta aliñada con pesto a la trapanesa, plato que, por inescrutables razones, Adelina se negaba a prepararle. Cuando llegó al supermercado, la persiana metálica estaba medio bajada. Se agachó, entró y se topó con el encargado, el señor Aguglia.



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