
– ¿En qué sentido?
– Se aprovechaba de las mujeres que pasaban alguna necesidad. Al parecer, no se le escapaba ni una. Antes de prestarles el dinero les exigía un pago a cuenta en especie sobre los intereses.
– ¿Has conseguido hablar con las personas de la lista?
– No es nada fácil. Las pobres que caían en manos de ese tipo sienten por una parte vergüenza y por otra miedo. Sólo he podido hablar con dos de ellas. Una, la viuda de Colajanni, me ha dicho que no contestaría a mis preguntas porque no quería perjudicar al asesino. ¿Va haciéndose una idea? La otra se llama Raina. Tenía una tienda de fruta y verdura, y Piccolo se le comió las frutas, las verduras, las paredes de la tienda y las bragas.
– Por consiguiente, si se aprovechaba de las mujeres, a la lista de los posibles autores del homicidio tenemos que añadir, aparte de la gente a la que desplumaba, algún marido o hermano víctima de un ataque de celos.
Fazio lo miró con los ojos entornados.
– Si dice eso, significa que no está muy convencido de que se trate de un robo que acabó en homicidio.
– ¿Acaso tú crees que fue un robo que acabó en homicidio?
– No.
– Yo tampoco. ¿Me consideras más cabrón que tú?
– Dios me libre.
– ¿Has averiguado cómo se comportaba Piccolo cuando alguien se rebelaba y no permitía que le chupara la sangre?
Fazio hizo una mueca.
– Enviaba a alguien y ellos pagaban, no tenían más remedio.
– ¿Y quién era ese alguien?
– Dottore, no han querido decírmelo. Tienen miedo, debe de ser alguien con quien no se puede jugar. Pero en cuestión de veinticuatro horas verá como consigo enterarme de todo.
– No lo dudo. ¿Han enviado las llaves de la casa desde Montelusa?
– Sí, señor, las tengo yo en mi despacho. Pero debo decirle que no servirá de nada ir a echar un vistazo al dormitorio de Piccolo. Primero la Científica, después el doctor Pasquano, a continuación los que fueron a levantar el cadáver… Lo han cambiado todo de sitio.
