
El señor Cuglia era Aguglia, el encargado del supermercado.
– Comisario, ¿recuerda que ayer por la tarde le dije que Dindò no había acudido al trabajo? Pues bien, tampoco se ha presentado esta mañana.
– No sé qué podríamos hacer nosotros…
– Espere. Al ver que no aparecía, he ido a su casa. Vive solo en un sucio cuarto que está debajo de la escalera porque no quiere estar con su padre, que vive en el piso de arriba. He llamado y nadie me ha contestado. Entonces he subido a casa de su padre, que tiene un duplicado de la llave. Hemos abierto. El cuarto está vacío, es una auténtica pocilga, puede creerme. Su padre lleva por lo menos tres días sin verlo. He preguntado a los vecinos, pero nadie sabe nada. ¿Y ahora puede decirme usted qué debo hacer?
Montalbano se irritó. ¿Por qué razón Aguglia le contaba aquella historia que a él, como comisario, le importaba un carajo?
– Busque a otro -le dijo fríamente.
– El caso es que Dindò ha desaparecido con el ciclomotor del supermercado. Le había dado permiso para utilizarlo para ir al trabajo.
– ¿Es la primera vez que Dindò se comporta de esta manera?
– Sí. A veces actúa como un niño, pero, con respecto al trabajo, no tengo absolutamente nada que reprocharle.
– Mire, le sugiero que espere un día más antes de presentar una denuncia. Usted mismo ha dicho que Dindò es como un niño. Puede que se haya perdido persiguiendo una mariposa.
Una vez pronunciada la frase, le entró la duda. ¿Existían todavía chiquillos capaces de perderse detrás de una mariposa?
– Cuando estaba todavía en este mundo -dijo Fazio, sentándose delante del escritorio-, Gerlando Piccolo era un sinvergüenza como la copa de un pino.
– ¿Qué quieres decir?
– Dottore, todos los comentarios que he recogido en el pueblo coinciden. A quienquiera que le haya pegado un tiro a Piccolo tendrían que levantarle un monumento en la plaza. Si alguien tenía la desgracia de verse obligado a pedirle cien, a los seis meses él le quitaba mil. Era no sólo una sanguijuela, sino también un cerdo.
