– No hace falta. Salude de mi parte al dottor Tommaseo. Se las envío inmediatamente con un coche. Scardocchia no lo había entendido bien.

– Pero ¿no necesitaban las fotografías?

– Sí, pero haremos copias.

– Excelente idea -dijo el comisario, colgando.

– ¿Y si el farol hubiera fallado? -preguntó Fazio.

– ¿En qué sentido?

– ¿Y si Arquà hubiera decidido hablar con Tommaseo?

– ¿Para que le pegaran una bronca? ¿Sabes con qué rima Arquà? Con bla, bla, bla.

Las fotografías llegaron en cuestión de media hora. Montalbano estaba dándole vueltas a una idea en la cabeza y por eso se apresuró a sacarlas del sobre y echarles un vistazo. El fotógrafo de la Científica había sido muy meticuloso y había captado hasta los detalles más insignificantes. Montalbano le pasó a Fazio una fotografía que mostraba el dormitorio en su conjunto, con Gerlando Piccolo tendido sin vida en el centro de la cama.

– ¿Coincide con tu recuerdo?

Fazio la estudió detenidamente.

– Sí, creo que estaba exactamente así.

Montalbano le pasó otra foto. Esta mostraba los dos cuadritos descolgados de la pared. Los habían arrojado al suelo y destrozado a taconazos en el estrecho espacio de suelo comprendido entre la cómoda y los pies de la cama. Los cajones abiertos del mueble reducían todavía más el espacio. La fotografía captaba el brillo de la miríada de trocitos de cristal que antaño habían sido las dos láminas que cubrían los cuadritos.

– ¿Cuando te acercaste al muerto pisaste los cuadros?

– No, dottore. Pasé por encima de ellos, había visto los trozos de cristal. Usted hizo lo mismo cuando entró en la habitación.

– ¿Yo?

– Sí, señor, lo hizo instintivamente, por eso no se acuerda. Pero ¿por qué le interesan tanto esos cuadros?



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