
Finalmente le tocó el turno, y estaba ya a punto de abrir la boca cuando resonaron en la calle, muy cerca de allí, dos disparos de pistola. A pesar del atontamiento que le provocaba la fiebre, el comisario salió en un santiamén y sus ojos se convirtieron en una cámara que grababa nítidos fotogramas en su mente. A su izquierda, un ciclomotor con dos muchachos se alejaba a toda velocidad; el que iba detrás llevaba en la mano un bolso evidentemente robado por el procedimiento del tirón a una anciana que gritaba desesperada desde el suelo. En la acera de enfrente, el señor Saverio Di Manzo, titular de la homónima agencia de viajes, estaba siendo desarmado por un guardia urbano. El señor Di Manzo, imbécil notorio, se había percatado del robo y había reaccionado efectuando dos disparos contra los muchachos del ciclomotor. Naturalmente, no les había dado a ellos, pero sí a una niña de diez años que en esos momentos rodaba por el suelo, llorando y cogiéndose la pierna derecha con las manos. Montalbano echó a correr hada ella, pero entonces un sujeto que lo esquivó se le adelantó y se arrodilló al lado de la niña. El comisario lo reconoció: era un vagabundo que había llegado al pueblo hacía un año y vivía de limosnas. Todos lo llamaban Farola, tal vez porque era muy alto y extremadamente delgado. En un abrir y cerrar de ojos, Farola se desanudó la cuerda con la que se sujetaba los pantalones, la ató con fuerza alrededor del muslo de la pequeña y levantó levemente la vista hacia el comisario para ordenarle:
