
– ¿Estás segura de que cuando llegaste aquí la puerta estaba abierta?
– Segurísima. Ya desde la escalera vi que la luz de aquí estaba encendida. Si hubiera estado cerrada, no habría podido verla.
– ¿Qué fue lo primero que viste al entrar?
– A mi tío.
– ¿Viste la sangre?
– Sí, señor.
– ¿Y qué pensaste?
– Que le había salido de la boca porque se encontraba mal. Sólo cuando me incliné sobre él comprendí que le habían pegado un tiro.
– Galluzzo, sal al pasillo. Y tú repite la salida de tu habitación, la subida por la escalera y la entrada aquí, y vuelves a hacer todo lo que hiciste hasta que te diste cuenta de que alguien le había pegado un tiro a tu tío.
El comisario se situó cerca de la ventana para no entorpecer los movimientos de Grazia. La muchacha llegó un minuto después, respirando afanosamente a causa de la carrera y la emoción. Pasó entre la cómoda y los pies de la cama, rodeó ésta y, al llegar al lugar donde había estado el cuerpo de Gerlando Piccolo, se inclinó levemente hacia delante. Sobre el somier sólo quedaba el colchón, pues la Científica se había llevado todo lo demás.
– Una vez aquí, ¿qué ocurrió?
– Levanté los ojos porque oí un ruido.
– ¿Y qué viste?
– A alguien que salía de detrás de la puerta donde se había escondido al oírme subir.
– ¿Al oírte subir? Pero ¡si ibas descalza!
– A lo mejor, mientras subía, llamé a mi tío.
– ¿El hombre tenía todavía el revólver en la mano?
– No sabría decirlo -contestó la muchacha después de pensarlo un poco.
– Muy bien. ¡Galluzzo, ponte como te diga Grazia!
La muchacha manipuló a Galluzzo como un escaparatista a un maniquí. Al final, dijo:
– Cuando lo vi, estaba exactamente así.
– Si estaba así no pudiste verle la cara, porque se encontraba de espaldas a ti.
