
– ¿Qué sé yo? Tira cosas al suelo, abre y cierra cajones, golpea el suelo con los pies… -Galluzzo se encaminó hacia la escalera-. Nosotros dos iremos a tu habitación.
– Yo estaba acostada -dijo Grazia en cuanto entró.
– Pues acuéstate.
– Estaba desnuda.
– No hace falta. Sólo quítate los zapatos. -Grazia se tumbó descalza en la cama deshecha-. ¿La puerta estaba abierta o cerrada?
– Cerrada.
Antes de cerrarla, el comisario gritó:
– Galluzzo, ya puedes empezar. -El ruido se oyó con tal nitidez que era imposible que Grazia no se alarmara-. Ahora haz lo que hiciste la otra noche. -La muchacha se levantó, cogió una bata colgada de un clavo y abrió la puerta-. Quédate quieta. Y tú para ya, Galluzzo. -Abandonaron la estancia y se dirigieron al salón. Galluzzo se asomó desde lo alto de la escalera-. Cuando saliste de tu habitación, ¿la luz del salón estaba encendida o apagada?
– Apagada.
– Por consiguiente, echaste a correr en medio de la oscuridad.
– Me conozco la casa de memoria.
– ¿Observaste si la puerta principal estaba abierta?
– No me fijé. Pero tenía que estar abierta porque cuando…
– A eso ya llegaremos después. Galluzzo, vuelve a la habitación.
– ¿Tengo que volver a armar jaleo?
– Por ahora, no, basta con que te quites de en medio. Tú, Grazia, vuelve a tu dormitorio y cierra la puerta. En cuanto yo te lo diga, echa a correr como hiciste para subir a la habitación de tu tío. -Cerró las ventanas, las persianas, las puertas y consiguió crear una oscuridad casi total-. Ahora, Grazia.
Oyó que la puerta se abría y vio que una sombra se movía a toda prisa en la oscuridad para ir convirtiéndose en una silueta humana a medida que subía los peldaños de la escalera, iluminada por la luz de la ventana abierta del dormitorio.
– ¿Qué hacemos? -preguntó desde arriba la voz de Galluzzo.
– Esperar.
Montalbano dejó las puertas y las ventanas cerradas, abrió la puerta principal y subió al piso de arriba.
