– ¿Cómo está, dottore?

– Un poco pachucho -contestó Montalbano, franqueándole la entrada y volviendo a acostarse.

Fazio se acomodó en una silla a su lado.

– Le brillan los ojos -dijo-. ¿Se ha tomado la temperatura?

En ese momento el comisario recordó que aquella mañana, distraído por el tiroteo, había olvidado regresar a la farmacia para comprar el termómetro.

– Sí -mintió-. Esta mañana tenía treinta y ocho.

– ¿Y ahora?

– No sé. Luego me pondré el termómetro. ¿Hay alguna novedad?

– Ha habido un tiroteo. El cabrón de Di Manzo, el de la agencia de viajes, ha disparado a dos tironeros, pero no les ha acertado a ellos, sino a la pierna de una pobre niña que pasaba por allí.

– ¿Lo habéis arrestado?

– Lo han detenido los carabineros. Han intervenido ellos.

– ¿Tenéis noticias de la niña?

– Está fuera de peligro. Ha perdido mucha sangre, pero, por suerte, andaba por allí el Farola. Seguro que usted lo ha visto alguna vez, el vagabundo ese que…

– Sí, lo conozco -dijo Montalbano-. Sigue.

– Bueno, pues que ha conseguido detener la hemorragia. Puede decirse que la ha salvado él. Se ha corrido la voz por todo el pueblo y el alcalde ha organizado para mañana una gran fiesta… Ya sabe, estamos en plena campaña electoral y cualquier cagada de mosca sirve para el caldo… En el transcurso del homenaje le entregará las llaves de un apartamento municipal.

– ¿Sabes cómo se llama?

– Bueno…, no tiene ningún documento que lo identifique. Y él jamás ha revelado su nombre.

– Por cierto, Fazio, esta mañana me ha llamado Augello. ¿Sabes qué quería?

– Sí, el jefe superior quería una respuesta sobre un asunto y el dottor Augello quería comentarlo con usted. Pero creo que ya lo ha resuelto.



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