
Menos mal. Podría quedarse tranquilamente en casa hasta que se le curara la gripe sin que nadie le tocara los cojones. Fazio se quedó charlando cosa de media hora y se fue.
Ya eran más de las ocho. Montalbano se levantó y, nada más ponerse de pie, la cabeza empezó a darle vueltas. Las molestias aún no habían desaparecido. Marcó el número de Livia en Boccadasse, pero no obtuvo respuesta. Demasiado pronto. Por regla general, las conversaciones telefónicas entre él y su novia solían tener lugar pasada la medianoche. Abrió el frigorífico: pollo hervido y una serie de guarniciones para hacerlo más apetecible. Dudó un instante y después optó por un plato de pimientos en salsa agridulce y unas cebollitas en vinagre. Se acomodó en el sillón delante del televisor y, mientras comía con desgana, se puso a ver una película que se titulaba Los cazadores del Edén. Ya en las primeras escenas comprendió que se trataba de una historia absurda, pero la estupidez de las imágenes y de los diálogos lo fascinó de tal modo que siguió toda la película con religiosa atención hasta el fatídico The End. Y a continuación ¿qué? Sintonizó un canal nacional donde acababa de empezar un debate con el título «¿Tiene valor hoy en día la fidelidad?». El conductor del espacio, de perenne sonrisa pretendidamente irónica que, sin embargo, resultaba opresivamente servil, presentó a los invitados: una duquesa casada con un empresario, pero famosa por su interminable colección de amantes tanto del sexo masculino como del femenino; hablaría de la fidelidad en el matrimonio. Un político que, desde la izquierda más radical, había ido pirueteando progresivamente hacia la derecha más extremada; éste defendería el valor de la coherencia en la actividad política. Un ex cura que se había hecho hippy, luego budista y más tarde integrista islámico; hablaría sobre la necesidad de la fidelidad a la propia religión.
