
– Bueno, ¿qué problema hay? -preguntó.
– Yo no he dicho que hubiera ningún problema.
Myron movió la cabeza, decepcionado:
– Y resulta que eres abogada.
– ¿Estoy dando mal ejemplo?
– No me extraña que jamás me presentara a unas elecciones.
La mujer juntó las manos sobre el regazo:
– Tenemos que hablar.
A Myron no le gustó el tono.
– Pero aquí no -añadió-. Vamos a dar una vuelta a la manzana.
Myron asintió con la cabeza y se levantaron. Cuando todavía no habían alcanzado la puerta, le sonó el móvil. Myron lo sacó con una rapidez que habría hecho retroceder al mismísimo Wyatt Earp, se llevó el teléfono al oído y se aclaró la garganta.
– MB SportsReps -dijo, con voz suave y tono profesional-. Myron Bolitar al habla.
– Bonita voz telefónica -dijo Esperanza-. Suenas igual que Billy Dee pidiendo un par de revólveres Colt 45.
Esperanza Diaz era su ayudante desde hacía mucho tiempo y ahora su socia en MB SportsReps (M de Myron, B de Bolitar, para aquellos que lo quieren saber todo).
– Esperaba que fueras Lamar -dijo.
– ¿Todavía no ha llamado?
– No.
Casi era capaz de ver a Esperanza frunciendo el ceño:
– Estamos hasta el cuello -dijo.
– No estamos hasta el cuello. Sólo vamos con la lengua fuera, eso es todo.
– Con la lengua fuera, sí -repitió Esperanza-. Como Pavarotti corriendo la maratón de Boston.
– Muy bueno -dijo Myron.
– Gracias.
Lamar Richardson era un potente lanzador de los Golden Glove que acababa de quedar disponible (digamos que «disponible» era una etiqueta que los agentes susurran a la manera que un muftí podría susurrar «alabado sea Alá»).
