
Myron miró a su madre, que lo esperaba junto a la puerta. Se cambió el teléfono de lado y dijo:
– ¿Algo más?
– No adivinarías nunca quién te ha llamado -dijo Esperanza.
– ¿Elle y Claudia exigiendo otro ménage à trois!
– Uuuuuy, casi.
Era incapaz de decirle las cosas sin rodeos. Con sus amigos, todo era como en los concursos de televisión.
– ¿Y si me das una pista? -dijo él.
– Una de tus ex amantes.
Él se sobresaltó:
– Jessica.
Esperanza imitó el sonido del indicador de respuesta errónea en los concursos.
– Lo siento, te equivocas de perra.
Myron estaba confuso. En su vida sólo había tenido dos relaciones largas: Jessica a períodos intermitentes durante los últimos trece años (ahora más bien ausente). Y antes de ella, bueno, habría que remontarse a…
– ¿Emily Downing?
Esperanza imitó una campanilla.
Una imagen repentina se le clavó en el corazón como una daga afilada. Vio a Emily sentada en aquel sofá de lona del sótano de la residencia de estudiantes, dedicándole su especial sonrisa, sentada sobre las piernas dobladas, con su cazadora del equipo del instituto que le iba varias tallas grande, y gesticulando con las manos que se deslizaban y desaparecían dentro de las mangas.
Se le secó la boca:
– ¿Qué quería?
– No sé. Pero dijo que tenía que hablar contigo. Hablaba muy entrecortado, ya sabes. Como si todo lo que decía tuviera un doble sentido.
