
Con Emily, todo lo tenía.
– ¿Es buena en el catre? -preguntó Esperanza.
Esperanza, una bisexual muy atractiva, consideraba a todo el mundo como un polvo potencial. Myron se preguntó cómo debía de ser, tener y, por tanto, sopesar, tantas opciones, y luego decidió no indagar más en el asunto. Era un sabio.
– ¿Qué dijo exactamente? -respondió Myron.
– Nada concreto. Se limitó a emitir unos cuantos gemidos tentadores entre palabras como: urgente, vida o muerte, asunto grave, etcétera.
– No quiero hablar con ella.
– Eso imaginé. Si vuelve a llamar, ¿quieres que me la quite de encima?
– Por favor.
– Hasta luego, entonces.
Colgó mientras una segunda imagen le golpeaba como una ola inesperada en una playa. El último año en Duke. Emily, muy digna, mientras le lanzaba la cazadora del instituto sobre la cama y se marchaba. No mucho después, se casaba con el hombre que arruinaría la vida de Myron.
Respira hondo, se dijo. Inhala, exhala. Así.
– ¿Todo bien? -preguntó su madre.
– Sí.
La madre volvió a menear la cabeza, decepcionada.
– No miento -dijo.
– Vale, está bien. Claro, es muy normal que respires como en una llamada obscena. Mira, si no se lo quieres contar a tu madre…
– No se lo quiero contar a mi madre.
– Que te educó y…
Myron dejó de prestarle atención, como solía hacer siempre. Volvía a divagar, suponiéndole una vida pasada, o algo así. Era algo que hacía muy a menudo. A veces actuaba como una madre absolutamente moderna, una de esas primeras feministas que se manifestaron junto a Gloria Steinem y supieron demostrar que «El lugar de la mujer es la casa… pero la Casa Blanca y el Senado», como decía su vieja camiseta; pero, ante la visión de su hijo, su actitud progresista se desvanecía y revelaba la típica cotilla con su pañuelo de campesina oculta detrás de la fachada feminista. Eso le proporcionó a Myron una infancia interesante.
