– ¿Te sientes incómodo?

– ¿Tú qué crees? Entonces, ¿qué me dices del sexo?

– ¿Ahora? -preguntó como si él se lo hubiera propuesto-. Creí que eras un hombre que primero prefería conocer a una mujer -comentó, con sorna.

– Estoy abierto a la persuasión. Así que, ¿es un problema?

– Nada es un problema si algo se desea de verdad, Sebastian -manifestó, y al instante sonrió con la misma ironía de antes-. ¿Para qué seguir hablando sobre el tema si no sabes bailar un tango?

– Bueno, vamos a postergarlo hasta que decidas que valgo la pena como bailarín. Mientras tanto, llamaré un taxi e iremos a cenar a un sitio más tranquilo.

Sólo cuando sacó el móvil del bolsillo se le ocurrió pensar que ignoraba si ella podía manejarse en un taxi o si los restaurantes que conocía tenían una rampa de acceso. Mientras vacilaba, confrontado a una realidad totalmente nueva para él, Guy llegó en su rescate.

– Matty, Fran quiere que te acerques al toldo. Parece que hay una periodista babeando por echar una mirada al abecedario que hiciste para Toby.

– ¿Qué? ¡Una periodista en la fiesta de su boda, por amor de Dios!

– Oye, no me culpes a mí. Sólo soy el mensajero.

Cuando Sebastian se dispuso a acompañarla, Guy lo detuvo poniéndole una mano en el hombro.

– Oh, no. Mi amada esposa tiene planes para ti también. ¿No te importa si me lo llevo un momento, Matty?

– Puedes quedarte con él, querido. He descuidado mis obligaciones demasiado tiempo -declaró al tiempo que extendía la mano en un claro gesto de despedida-. Ha sido un placer conocerte, Sebastian.

En lugar de estrecharla, él le sostuvo la mano.

– Creí que íbamos a cenar juntos.

– Gracias, pero ha sido un largo día. Tal vez la próxima vez que vengas a Londres -replicó al tiempo que liberaba la mano-. Mis recuerdos a Nueva York. Ah, y sé bueno con tus hermanas.

Y sin esperar respuesta, giró rápidamente la moderna silla de ruedas y se alejó por el sendero del jardín.



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