
– Mi padre se casó con ella, pobre mujer. Y con eso es suficiente. Ya te lo he dicho, no soy buena.
Él movió la cabeza de un lado a otro.
– No pensaba en tu carácter. Pensaba en que si pudiste pescar unas ranas es que no siempre has estado en una silla de ruedas.
– ¿Crees que eso habría podido detenerme? Se lo hubiera pedido a otra persona.
– ¿A Fran, por ejemplo?
– No le habría podido decir para qué quería las ranas. Ella es mucho más simpática y amable que yo. Pero no fue necesario. La silla de ruedas se ha transformado en parte de mi vida desde que me estrellé contra una pared a causa de mi imprudencia, excesiva velocidad, falta de atención y una capa de hielo invisible en la carretera.
En sus palabras no había autocompasión. Hablaba como si no le diera importancia al asunto, con una sonrisa que él adivinó como una defensa contra la simpatía no deseada.
– ¿Desde hace cuánto tiempo?
– Tres años -informó. Durante un instante, Sebastian vislumbró algo de lo que esa sonrisa intentaba ocultar. No eran los tres años pasados, sino la vida que la esperaba en el futuro-. Pero no nos pongamos trágicos. Pudo haber sido mucho peor. Por lo demás, la parte baja de la espina dorsal no quedó totalmente dañada, así que al menos puedo utilizar el inodoro como cualquier persona normal -dijo entre risas.
– Sí, eso es una ventaja, aunque te verías en dificultades si fueras un hombre.
Ella estalló en carcajadas.
– Me gustas, pez gordo de la banca. La mayoría de las personas que se encuentran aquí, a esta hora ya habrían puesto pies en polvorosa.
– ¿Por eso sometes a examen a los que se acercan a ti?
– Sólo a los paternalistas que hablan sobre mi cabeza. Los le que preguntan a Fran si me conviene tomar una copa, los que me hablan como si fuera sorda, en fin. Creo que la conversación es más relajante si se habla abierta y directamente.
– Mentirosa. Lo único que intentas es incomodarlos.
