
Otro triunfo de su superheroína cuyos poderes especiales le permitían convertir la impotencia en acción.
Entonces Fran, con una sonrisa de estímulo, ayudó a subir al pequeño sujetándole la espalda con una mano.
¿Para qué iba a necesitar Toby una superheroína cuando tenía una madre con dos buenos brazos y piernas?
– ¡Matty! -gritó Toby haciendo señas con los brazos desde lo alto de la estructura-. ¡Mírame!
– ¡Bravo, Toby! -respondió su madrina a voces desde la silla de ruedas.
Pero su sonrisa se esfumó al instante al ver la ilustración casi concluida que acababa de arruinar por culpa de su personaje dibujado en la parte superior del papel.
¿Vandalismo deliberado?
Había ilustrado decenas de historias para revistas femeninas y sabía desde el principio que ésa en particular le iba a resultar dura, pero ella era una profesional. La escena en cuestión representaba una amplia {¿aya desierta con las siluetas de una pareja de amantes contra el sol poniente. Así se ganaba la vida y no podía rechazar los encargos sólo porque cargaran su memoria de recuerdos penosos.
– Ven con nosotros, Matty -la llamó Fran-. Mañana va a llover.
No era fácil resistirse a esa llamada de sirenas, pero cada minuto que pasaba junto a Toby era un recordatorio desgarrador de lo que había perdido en aquellos segundos que le arrebataron su futuro, incluida la maternidad. Y el bebé recién nacido, con toda la alegría que le proporcionaba, empeoraba las cosas.
Matty empezaba a sentirse atrapada al otro lado del cristal, como si fuera una espectadora de la vida que se le negaba. Si sólo pudiera permitirse una nueva existencia en una casa propia, lejos de Londres…
– ¡Tal vez más tarde! -gritó a Fran justo antes de atender el teléfono, que había empezado a sonar-. Matty Lang -dijo, y por un instante sintió que se le paralizaba el corazón-. Hola, Sebastian Wolseley. Eres madrugador. ¿No es una hora intempestiva allá en Nueva York?
