
– Es cierto. Aunque aquí en Londres son casi las once de la mañana. Dijiste que cenarías conmigo cuando estuviera de vuelta, pero me preguntaba si podríamos cambiarlo por una comida. He reservado una mesa en Giovanni's.
Era un restaurante tan famoso que ni siquiera tenía que molestarse en algo tan funcional como disponer de una dirección. Un tipo de local donde los ricos y famosos acudían para ser vistos y lucirse. Y casi eran las once.
Tenía dos horas para ducharse, cambiarse, encontrar un estacionamiento… ¡Y el peinado!
Además, nunca iba a ningún sitio sin antes examinarlo. Tenía que asegurarse de que habría una rampa para la silla de ruedas, que el tocador de señoras no estuviera en una primera planta. Incluso, si estaba en la planta baja, evitar quedarse atrapada en la puerta del lavabo.
De acuerdo, podía con todo eso; pero no lo haría.
– Dije que tal vez nos veríamos cuando volvieras. Pero no has ido a ninguna parte -le recordó.
– Al contrario, ayer fui a Sussex -afirmó, y ella visualizó el brillo de sus ojos y el leve pliegue en la comisura de la boca, que era el inicio de una sonrisa-. Una invitación forzosa a comer con la familia.
– ¿Por qué será que se me hace difícil creer que obedezcas órdenes de nadie?
– Bueno, necesitaba pedir un coche.
– ¿A tu familia le sobran los coches?
– Es uno viejo que sólo ocupa espacio en el garaje. Me habría gustado que me acompañaras.
– Me alegro de que no me hayas invitado.
– Tienes razón. Es un aburrimiento. Bueno, como ves, he estado en alguna parte y ahora he vuelto.
– Bien sabes que no me refería a eso.
– No recuerdo que hayas estipulado un lugar preciso. ¿Es que Sussex no cuenta?
Sí que contaba. Ése era el problema, porque Matty deseaba comer con él. Ya había soñado con esa escena. Ambos estaban sentados a la mesa de un restaurante elegante y simulaban ser sólo dos personas que compartían una comida. Pero luego él se levantaría de la mesa y se marcharía andando.
