– No se necesita ser adivina para darse cuenta de que no estás disfrutando de esta velada «hasta-que-la-muerte-nos-separe» -la mujer devolvió el golpe sin alterarse, pero sin sonreír-. Has estado tanto rato con ese vaso en la mano que seguramente su contenido ya se ha calentado. De hecho, me atrevería a pensar que te sentirías más a gusto en un velatorio que celebrando la bendición de una boda.

– Definitivamente adivinas los pensamientos -observó al tiempo que colocaba el vaso en la mesa de ella-. Aunque tengo la sensación de que el velatorio que acabo de dejar hará que esta fiesta parezca bastante más sosegada.

Y entonces se sintió verdaderamente culpable.

Primero, había sido grosero con la mujer, y al ver que permanecía inmutable, intentó molestarla, sin el menor éxito al parecer. Ella se limitó a ladear ligeramente la cabeza, un gesto semejante al de un pájaro curioso.

– ¿Era un familiar? -inquirió con naturalidad, evitando el típico tono reverente en circunstancias tan penosas.

Esa naturalidad fue como un extraño respiro a la locura que se había apoderado de su vida durante la última semana, y por primera vez sintió que desaparecía parte de su tensión.

– Sí, mi loco y malvado tío George, un primo lejano realmente, aunque mucho mayor que yo.

Ella apoyó la barbilla en las manos, con los codos sobre la mesa.

– ¿De qué modo era loco y malvado?

– Del mismo modo en que lo era su homónimo, lord Byron.

– Comprendo.

Incluso a la tenue luz del atardecer de un día de verano, con una cuantas velas encendidas en la mesa redonda, y el reflejo de la iluminación que habían puesto en los árboles, su rostro no era suave ni poseía una belleza convencional, pero la fina piel cubría unos huesos elegantes. Sebastian concluyó que la fuerza que emanaba de ella provenía de su interior. No, no estaba coqueteando con él. Sólo mostraba interés.



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