
– Loco, malvado y peligroso. Una tentación para mujeres estúpidas. Así que, ¿el bullicioso funeral fue una expresión de alivio o la celebración de una vida vivida en plenitud? -preguntó, con la mayor seriedad.
Sebastian se dio cuenta de que, aunque lo hubiera deseado, ya era demasiado tarde para marcharse, así que optó por sentarse frente a ella.
– Eso depende del punto de vista de cada cual. La familia se inclinó por lo primero y los amigos por lo último.
– ¿Y tú?
– Todavía no lo tengo claro pero, ¿cuántas personas, conscientes de su inminente final, se tomarían la molestia de disponer un funeral a lo grande para alegría de los amigos y escándalo de la familia? Como te digo, un suceso que dará que hablar durante años.
– A mí me parece muy bien.
– Tío George dejó instrucciones para que todo el mundo se divirtiera. En el velatorio no se sirvió más que excelente champán, salmón ahumado y caviar. Unas instrucciones que sus amigos se están tomando muy a pecho.
– ¿Y por qué tú no? Eso es maravilloso.
– Quizá porque llevo luto por mi propia vida -comentó. Ella esperó. Era la perfecta interlocutora, consciente de su necesidad de hablar, aunque fuera con una desconocida como ella-. Verás, metafóricamente hablando, me han encargado poner todo en orden cuando se acabe la fiesta.
– ¿De veras? ¿Eres abogado?
– No, banquero.
– Han hecho una elección acertada.
– No, si uno es el banquero en cuestión.
Ella hizo una mueca.
– Evidentemente se trata de algo más que pagar unas cuantas cajas de champán.
– Me temo que sí. Pero tienes razón, es de mala educación traer mis problemas a una boda. A decir verdad, mis intenciones eran hacer acto de presencia y brindar con la feliz pareja. Y como eso ya está hecho, debería llamar un taxi.
Pero no se movió.
– ¿Crees que un whisky podría contribuir a aplacar tus fantasmas?
