– ¿Estáis muy unidas?

– Somos más hermanas que primas. Ambas somos hijas únicas de matrimonios mal avenidos.

– Si tuvieras una familia como la mía, pensarías que lo tuyo no fue tan malo, créeme. Bueno, iré a buscar ese whisky.


Matty no apartó los ojos de la figura de Sebastian Wolseley mientras se alejaba. Alto, de anchos hombros, con un cabello oscuro cuidadosamente cortado y ligeramente alborotado por la brisa, sin duda tendría que ser el sueño de cualquier mujer. Y el color de sus ojos al sonreír pasaba de un gris pizarra a un verde profundo, como el mar iluminado por el sol.

Era un placer contemplarlo y ella lo había estado observando desde que había llegado con retraso a la recepción. También notó la calidez con que Guy lo había saludado. Sin embargo, aunque su cuerpo se encontraba allí, su espíritu vagaba por otros lados.

– Matty… -llamó una voz infantil. Toby, el hijo de tres años de su prima, se escurrió entre ella y la mesa redonda llevándose parte del mantel-. Escóndeme.

– ¿De qué?

– De Connie. Dice que tengo que irme a la cama.

– ¿Lo has pasado bien?

– Sí -murmuró con un bostezo.

Al ver que estaba medio dormido, Matty lo acomodó en sus rodillas con la esperanza de ver a Connie, el ama de llaves de Fran.

– Verás, hiciste un buen trabajo en la ceremonia al cuidar de los anillos. Estoy muy orgullosa de ti.

El niño se acurrucó contra su cuerpo.

– Y no se me cayeron.

– No -contestó mientras lo abrazaba, pensando que desde la llegada de su hermanito, Toby había dejado de ser el centro de atención y entonces se había acercado más a ella.


Sebastian subió por una rampa baja hasta llegar a una acogedora sala, suavemente iluminada por una sola lámpara. A la izquierda había un tablero de dibujo y un ordenador; en suma, un pequeño estudio junto a una ventana con vistas al jardín que cubría toda la pared.

¿Matty Lang era artista? Sin embargo, ni en el tablero ni en las paredes adornadas con unos tejidos artesanales había nada que pudiera darle una pista.



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