
– Señor Wolseley, ¿intenta sugerir que podríamos desaparecer entre los arbustos y hacer el tonto un rato? -inquirió mirándolo con fijeza y una mueca de su boca generosa.
– Bueno, la verdad es que no me gusta precipitarme, señorita Lang. Antes de quitarle la ropa, debo conocer a la chica. Y prefiero hacerlo en un ambiente cómodo.
– Pero eso no es divertido.
– Bueno, tampoco tengo que conocerla demasiado. ¿Una cena, un par de invitaciones a bailar, tal vez? Cuando ese obstáculo queda salvado y se llega a una mayor intimidad, me siento perfectamente dispuesto a dejarme llevar por el mal camino.
– Pero en un ambiente confortable.
– Me gusta tomarme mi tiempo.
– ¿Te gusta bailar? -preguntó con una sonrisa que a él le alegró el día.
Sebastian tuvo la impresión que de alguna manera lo estaba sometiendo a un examen.
– Sí. Pero si tienes hambre podemos dejarlo e ir directamente a cenar.
– ¿Y lo haces bien?
– ¿Bailar?
– De eso estábamos hablando. Y sin falsas modestias, por favor. ¿Qué me dices de un tango?
– No puedo asegurarte que no vaya a darte un pisotón. Pero ponme una rosa de tallo largo entre los dientes y estoy dispuesto a intentarlo.
Matty rió de buena gana.
– Creo que es la mejor oferta que he recibido en mucho tiempo, pero no te asustes. Nada me va a sacar de esta silla durante el resto de la velada.
– Estás cansada. ¿Es muy duro el papel de madrina de una boda?
– No sabes cuánto. La organización de la fiesta no fue fácil y tuve que asegurarme de que la novia estuviera perfecta en su gran día.
Sebastian siguió su mirada hacia la pareja de novios que, tomados del brazo, conversaba con unos amigos.
– Hiciste un trabajo estupendo. Guy es un tipo con suerte.
– La merece. Y Fran lo merece a él.
