
Al lado de Grant, estaba Kristina, la única hija de Nate y Bárbara, el padre y la madre adoptiva de Kyle, respectivamente. Kristine se mordía el labio nerviosa mientras intentaba fingir interés. Mimada más allá de lo posible, se echaba el pelo hacia atrás y miraba por encima del hombro, ansiosa por salir cuanto antes del sofocante despacho del abogado.
Kyle no podía culparla. Habían soportado ya el funeral, el entierro y el bufé que se había servido después para los amigos más íntimos de la familia. Habían recibido cientos de cartas de pésame, un verdadero jardín de flores y coronas y miles de dólares en cheques para ser entregados a las obras benéficas favoritas de Kate. Después estaban las especulaciones de la prensa sobre su muerte, los comentarios provocados por el hecho de que hubiera volado sola en el avión de la compañía, pilotándolo ella misma, y las hipótesis sobre por qué habría perdido el control de los mandos para terminar pereciendo de una forma horrible… Kyle apretó los dientes.
– «…Y a mi nieto Kyle, le dejo el rancho de Clear Springs, Wyoming, con todo el ganado y el equipo, excepto el semental de Grant» -Kyle apenas prestó atención hasta que el abogado leyó las condiciones-. «Kyle debe residir en el rancho durante al menos seis meses antes de poder traspasar la escritura y hacer los arreglos necesarios para venderlo…».
Era como si su abuela quisiera encadenarlo al rancho, al paraíso de su infancia. Oyó que su hermano Michael contenía la respiración, probablemente a causa del valor del rancho y de que Kyle nunca había hecho nada por sí solo.
Más tarde, Michael habló con él a solas para echarle un discurso sobre la responsabilidad, la necesidad de que tomara el control de su vida y de que aprovechara la oportunidad que Kate le estaba brindando.
