
Jane se estiró en la silla. Pestañeó, enderezó los hombros y se sirvió un vaso de agua. Atendiendo a una señal de Allison, sirvió un segundo vaso. Allie era una belleza, la modelo de Fortune Cosmetics, la sonrisa de mil vatios de la empresa. En aquel momento su hermoso rostro estaba pálido, demacrado. Estaba sentada entre su hermano Adam y Rocky, su melliza. E incluso a Rocky, siempre sonriente y animada, se la veía apagada.
Rocky parecía estar apoyándose en la fortaleza de Adam, que la palmeaba con aire ausente el hombro mientras Sterling leía. Adam era el hijo mayor de Jake y Erica Fortune. Había crecido rodeado de hermanas y había sido el hijo rebelde. Había dado la espalda a la fortuna de la familia y se había dedicado a recorrer el país durante años, antes de enrolarse en el ejército. Había abandonado la vida militar tras la muerte de su esposa. En ese momento, Adam era un viudo con tres hijos y estaba intentando colaborar con la familia.
Kyle no lo envidiaba. Diablos, aquel día era imposible envidiar a nadie de la familia. Se aflojó el cuello de la camisa e intentó concentrarse.
Sterling lo miró un instante y continuó leyendo. A Kyle le caía bien aquel tipo. No tenía pelos en la lengua y no le gustaba andarse con rodeos. Con las gafas en la punta de la nariz y el pelo blanco impecablemente peinado, continuaba leyendo:
– Y a mi nieto, Grant McClure, le lego el caballo Fuego de los Fortune.
Kyle observó, la reacción de su hermanastro, pero Grant continuaba mirando por la ventana, sin estremecerse siquiera al oír su nombre. Parecía completamente fuera de lugar con los vaqueros, la cazadora, el gorro y la polvorienta camioneta que había dejado aparcada en medio de los BMWs, los Cadillacs y los Porsches de la familia. Kyle se apostaría cualquier cosa a que su hermanastro estaba deseando montarse en el avión, abandonar las luces de la ciudad y regresar a la dura vida que él amaba, en medio de ninguna parte, en Clear Springs, Wyoming.
