Abrió la ventanilla unos centímetros y una bocanada de aire caliente y polvoriento se filtró por la ventanilla. Un perro ladró, crispándole los nervios, pero continuó esperando. Había prometido ver personalmente a esa niña.

De pronto, salió del colegio una criatura rubia de larga melena y sonrisa radiante. Sus largas piernas y los dientes, un poco grandes para su rostro, la convertían en una de esas niñas que florecían con la edad; era una niña bonita cuyo rostro anunciaba una rara belleza. Caitlyn Bethany Rawlings, la única hija de Samantha Rawlings, madre soltera.

Disfrutó de un instante de alivio mientras observaba a Caitlyn y al resto de los alumnos de cuarto grado reunirse con los otros niños que subían ya en los autobuses o buscaban en el aparcamiento a sus padres.

Caitlyn, vestida con unos vaqueros y una camiseta, charlaba con otra niña más bajita que ella. Tenía el pelo rizado y el rostro bronceado y cubierto de pecas. Entrecerraba unos ojos redondos y azules, mientras buscaba la camioneta de su madre. Al verla, se despidió con la mano de un par de amigas y corrió hacia ella.

Trepó a la cabina y comenzó a hablar emocionada con su madre. Al fin y al cabo, aquel era el último día de colegio. Había muchas cosas que contar, y muchos planes que hacer para el verano, supuso él. Poco sabía ella que sus planes estaban a punto de cambiar, de acuerdo con las previsiones de su socia.

Samantha escuchaba a su hija mientras seguía a los coches y camionetas que abandonaban el aparcamiento.

Cuando pasaron delante de la furgoneta, el forastero volvió la cabeza para que no pudieran reconocerlo. Estaba arriesgándose mucho al acercarse al colegio a plena luz del día. Siempre había alguna posibilidad de que alguien se fijara en un hombre que no pertenecía a la pequeña comunidad que vivía en la base de las montañas Tetón. Pero era necesario correr aquel riesgo para que funcionara la primera parte del plan.



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