
¡Éste era el final del camino!
Se llamó tonto. Debía haberlo sabido. Los giros de la carretera no rodeaban la montaña, serpenteaban a un lado y a otro siguiendo la línea de menor resistencia. ¡Y ahora se daba cuenta! En ese caso, tenía que haber una razón para que el camino no diera la vuelta completa en su ascenso al pico Flecha. Y la única razón tenía que ser que el otro lado de la montaña era impracticable. Probablemente un precipicio.
En otras palabras: no había más camino de bajada que por el que había subido. Habían ido a dar a un callejón sin salida.
Rabioso contra el mundo entero, la noche, el viento, los árboles, él mismo y todos los seres vivos, avanzo hacia las verjas. Una placa de bronce estaba sujeta a una de las cancelas. Decía simplemente: Cabeza de Flecha.
– ¿Qué pasa ahora? -graznó el inspector, adormilado, desde las profundidades del Duesenberg-. ¿Dónde estamos?
La voz de Ellery sonó opaca:
– En una vía muerta. Hemos llegado al final del viaje, padre. Bonitas perspectivas, ¿eh?
– ¡Por todos los diablos! -explotó el inspector, arrastrándose fuera del auto-. ¿Quieres decir que esta carretera perdida del mundo no conduce a ninguna parte?
– Parece que no -Ellery se dio una palmada en el muslo-. ¡Oh, Dios -gimió-, castígame por idiota! ¿Qué estamos haciendo aquí parados? Ayúdame a abrir esas verjas.
Comenzó a empujar las pesadas rejas. El inspector arrimó el hombro, y las verjas cedieron despacio, protestando con un chirrido.
– Condenadamente oxidada -gruñó el inspector, contemplando las palmas de sus manos.
– Vamos -gritó Ellery, corriendo hacia el coche. El inspector trotó detrás-. ¿En qué estaba pensando? Unas verjas y un muro significan gente en una casa. ¡Naturalmente! ¿Para qué iba a ser esta carretera? Alguien vive aquí arriba, y eso quiere decir comida, un baño, reposo…
