
Las ramas iban quedando más bajas. Hacían un ruidillo constante, como murmullos de mujeres a lo lejos en algún idioma extraño.
Ni una sola vez, durante los minutos interminables de aquella subida sin descanso, pudo ver Ellery una sola estrella.
– Escapamos del infierno por los pelos -musitó para sí mismo-, y parece que hayamos ido derechos al Valhalla, ¡por san Jorge! ¿Qué altura tendría la montaña?
Se restregó los párpados y sacudió la cabeza para mantenerse despierto. No era prudente adormecerse en este viaje; la polvorienta carretera se retorcía y enrollaba como un bailarín siamés. Apretó las mandíbulas y empezó a concentrarse en el revoltijo de sus tripas vacías. Vendría bien una taza de caldo caliente, pensó; luego un buen trozo de solomillo, poco hecho, con salsa y patatas fritas; dos tazas de café caliente…
Oteó al frente, alerta. Le parecía que la carretera se ensanchaba y los árboles se separaban un poco. ¡Dios, ya era hora! Había algo allí delante; probablemente habían llegado a la cresta de la montaña y estarían pronto bajando por el otro lado, hacia el próximo valle, una ciudad, una cena caliente, una cama. Se rió en alto, descansado.
Cesó de reír. La carretera se había ensanchado por una excelente razón. El Duesenberg había entrado en un claro, y los árboles retrocedían a derecha y a izquierda, en la oscuridad. Por encima, un cielo cálido, macizo, salpicado por millones de brillantes. Un viento más silvestre ondeaba la corona de su gorro. A los lados de la carretera ensanchada había rocas caídas, entre las que surgían plantas feas y medio secas. Y justo enfrente…
Juró por lo bajo y salió del coche, notando un dolorcillo en el costado frío. A cinco metros del Duesenberg, reveladas por la luz de los faros se erguían dos altas verjas de hierro. A ambos lados de ellas se extendía un muro bajo, de piedras sin duda tomadas de aquel mal suelo. El muro se alejaba, divergiendo, en la oscuridad. Al otro lado de las verjas continuaba la carretera iluminada por los faros en su primer trecho. Lo que hubiera más allá estaba sumergido en la misma densa oscuridad que lo cubría todo.
