
El elemento humano es lo único que logra evitar que el mundo sea dominado por asesinos intocables. La complejidad de la mente criminal es también su mayor debilidad. Dadme uno de esos asesinos «listos» y os mostraré un hombre condenado a muerte.
Crimen y criminal, por Luigi Persano
(1928)
El Flecha en llamas
La carretera parecía como si la hubieran hecho con una rosquilla de caucho cocida en el horno de un gigante, movida en toda su serpentina longitud, suelta y enrollada por la falda de la montaña y cuidadosamente aplastada luego. Su costra, tostada por el sol, se había elevado como si alguno de sus ingredientes fuera levadura; se levantaba durante unos cincuenta metros como un pan de maíz y luego, sin razón aparente, se reabsorbía a sí misma otros cincuenta metros, formando bollos mataneumáticos. Y para hacer la vida más excitante al automovilista que caía por allí para su desgracia, subía, bajaba, se inclinaba, retorcía, curvaba, estrechaba con formas casi imposibles de controlar. Y levantaba nubes de polvo y arena, de modo que cada grano venía a incrustarse ferozmente en la piel y la carne de los pobres que circulaban.
Ellery Queen, irreconocible por completo bajo las polvorientas gafas de sol que recubrían sus ojos doloridos y la visera de la gorra bien bajada, las solapas arrugadas de su chaqueta llenas de la suciedad de tres condados y los pocos trozos de piel al aire rojos por una húmeda irritación, curvaba su cuerpo al volante del traqueteado Duesenberg, luchando contra él con una mezcla de desesperación y determinación. Había maldecido cada curva de la supuesta carretera desde Tuckesas, cuarenta millas valle abajo, donde teóricamente empezaba, hasta su situación actual, y estaba ya, ahora, literalmente falto de palabras.
– Es tu propia culpa -dijo su padre rencorosamente-. ¡Corcho! Creías que iba a estar más fresco en las montañas. Estoy como si me hubieran rascado de arriba abajo con papel de lija.
