
El inspector, como un pequeño árabe gris, con un pañuelo gris protegiendo sus ojos del polvo, había ido incubando un mal humor que ahora, lo mismo que la carretera, explotaba cada cincuenta metros. Se revolvía, gruñía en su asiento al lado de Ellery, y miraba acremente hacia atrás, por encima de la pila de maletas, a la nube de sus huellas. Volvió a la carga.
– Te dije que fueras por el pico Valley, ¿no es así? -blandió su índice en medio del aire caliente-. El, te dije, puedes creerme, en estas perras montañas nunca sabes con qué clase de carretera te vas a topar, te dije; y no, tenías que venir por aquí y empezar a explorar con la noche al caer como un condenado Colón -el inspector hizo una pausa para mirar el cielo que se ennegrecía-. Testarudo igual que tu madre, que en paz descanse -añadió rápido, puesto que, después de todo, era un viejo caballero temeroso de Dios-. Bien, espero que estés satisfecho.
Ellery suspiró y desvió la mirada del zigzag que seguía ante él hacia el cielo. El firmamento entero se tornaba suave y lentamente púrpura, un espectáculo que haría surgir al poeta oculto en cada hombre, pensó, excepto en un cansado, acalorado y hambriento conductor con un jefe a su lado que no sólo gruñía, sino que gruñía con irrefutable lógica. La carretera al pie de las colinas bordeando el Valley parecía agradable; había algo refrescante -sólo a la vista, pensó con tristeza- a la vista de los verdes árboles.
El Duesenberg continuó hacia la creciente negrura.
– Y no sólo eso -continuó el inspector Queen, lanzando una mirada irritada a la carretera por un pliegue del empolvado pañuelo-, sino que es un condenado modo de terminar unas vacaciones. Problemas y nada más que problemas. Me pone a cien por hora y me molesta. ¡Al cuerno, El, estas cosas me importan, destrozan mi apetito!
– El mío no -dijo Ellery con otro suspiro-. Podría comerme un neumático en filetes con ensalada de flejes y salsa de gasolina ahora mismo, de hambre que tengo. Por cierto, ¿dónde demonios estamos?
