
Y permanecía sentada, viendo el rostro austero, vívido y joven, soñando con que al regresar con toda la riqueza de un reino en tomo a su cuello le diría: «He querido traer un regalo digno de mi marido, Señor…» Se apresuró luego, pero al alcanzar la costa el sol se había ocultado, Y la Gran Estrella se ponía también. Desde el oeste se había elevado una brisa suave que viró luego para adquirir empuje. La montura de Semley luchaba contra el viento con tanto esfuerzo, que ella le dejó descender sobre la arena. La bestia legó sus alas y encogió las gráciles patas bajo el cuerpo, con una suerte de ronroneo. Semley, de pie, se ajustaba la capa en torno a los hombros, palmeando el pescuezo del animal, que sacudió las orejas en tanto volvía a ronronear. El contacto tibio le reconfortó la mano, pero sus ojos no veían más que un cielo gris, cubierto de jirones de nubes, un mar gris, arenas oscuras. Luego, deslizándose sobre la arena, se presentó una criatura baja, sombría, luego otra, por fin todo un grupo que se agazapaba, corría, se detenía.
Los llamó en alta voz. Y aunque se hubiera dicho que no la habían advertido, en un instante la rodearon todos; pero se mantenían apartados de su montura, que cesó en sus ronroneos, crispada la piel bajo la mano de su ama. Semley cogió las riendas, confiada en la protección que la bestia le brindaba, pero temerosa de la ferocidad que podía manifestar. En silencio, las extrañas gentes la observaban, con los toscos pies descalzos inmóviles sobre la arena. No podía haber engaño: eran de la talla de los Fiia, y en todo lo demás, una sombra, una imagen negra de aquel pueblo risueño. Desnudos, contrahechos, ralos los cabellos negros, la tez gris y viscosa como la de un gusano, de piedra la mirada.
— ¿Sois los gredosos?