— Somos los Gdemiar, el pueblo de los Señores de los Reinos de la Noche.

La voz tuvo una inesperada hondura y corrió pomposa a través del anochecer salino. Pero, tal como le ocurriera con los Fiia, Semley no estaba segura de quién le había hablado.

— Salud, Señores de la Noche. Yo soy Semley de Kirien, esposa de Durhal de Hallan. He venido hasta vosotros a buscar mi herencia, el collar llamado Ojo del Mar, que se perdiera tiempo atrás.

— ¿Por qué lo buscas aquí, Angya? Aquí sólo hallarás arena, sal y noche.

— Porque las cosas perdidas se hallan en los lugares profundos — repuso Semley, hábil para las agudezas —, y oro que ha venido de la tierra tiene un medio de volver a ella. Y a veces lo hecho, dicen, regresa a su hacedor. — No era más que una conjetura. Y fue exacta.

— Por cierto que conocemos el nombre de Ojo del Mar. Fue hecho en nuestras cavernas, tiempo ha, y vendido por nosotros a los Angyar. La piedra azul procedía de los campos de arcilla de nuestros parientes del este. Pero éstos son antiguos cuentos, Angya.

— ¿Podría escucharlos en el mismo lugar en que fueron narrados?

El círculo de gentes oscuras guardó silencio por un instante, como si dudara. El viento gris barrió la arena, oscureciendo la puesta de la Gran Estrella; el sonido del mar se amortiguó. La voz profunda vibró otra vez:

— Sí, Señora de los Angyar. Podrás penetrar en las Moradas Profundas. Síguenos. — Hubo corno una asechanza en la voz, pero Semley no quiso oírla. Siguió a los gredosos por la arena, llevando con la rienda corta a su cabalgadura de agudas garras.

Ante la boca de la caverna, una boca desdentada de la que surgían vahos fétidos, uno de los gredosos dijo:

— La bestia no debe entrar.

— Sí — dijo Semley.

— No — repuso todo el grupo.

— Sí, no la dejaré aquí. No me pertenece, no puedo dejarla. No os hará daño, mientras yo sujete las riendas.



12 из 138